Del Namib a Etosha en once días: Sossusvlei, las dunas que caen al Atlántico, el granito de Spitzkoppe, los grabados de Damaraland y la gran salina.
Hay paisajes que se miran y paisajes que te miran a ti. El Namib lleva cincuenta y cinco millones de años seco y no se parece a nada.
Once días cruzando Namibia de sur a norte. Empezamos por las dunas más altas del mundo y las acacias muertas de Deadvlei; seguimos hasta el Atlántico, donde la arena cae sobre el océano en Sandwich Harbour; cruzamos el granito de Spitzkoppe y los grabados rupestres de Damaraland; y terminamos en Etosha, una salina tan grande que se ve desde el espacio.
Se viaja en grupo reducido, con guía local, durmiendo dentro de los parques. Hay días de carretera larga y silencio, y hay amaneceres que justifican el madrugón.
Y dentro del viaje, momentos para parar. No un programa paralelo: ratos conectados con lo que el día haya puesto delante — el cielo de Spitzkoppe, el silencio del desierto, la espera en un abrevadero.
Grupo reducido, once días de convivencia, una autora que hace el camino entero y un país donde cabe Alemania dos veces y viven dos millones y medio de personas.

El Namib lleva cincuenta y cinco millones de años sin lluvia apreciable. No es un paisaje: es un archivo geológico que se puede recorrer en coche.

Doscientos metros de arena cayendo directamente al océano. Se llega en 4x4 y solo cuando la marea lo permite.

Once días juntos. El número de personas no es un detalle logístico: decide qué clase de conversaciones son posibles.

El Namib lleva cincuenta y cinco millones de años seco. Es el desierto más antiguo del planeta y el viaje empieza entrando en él.
Llegada a Windhoek, encuentro con el guía local y salida por carretera hacia el sur. Trescientos sesenta y cinco kilómetros, unas cinco horas, viendo cómo el paisaje se va vaciando.
Es necesario llegar con un vuelo internacional antes de las 13:00. Si no, se vuela el día anterior y se duerme una noche en Windhoek.







El viaje empieza en mitad del desierto, cuando cae el sol y aparece la luna llena, como una invitación para empezar a sumergirnos en este lenguaje fascinante.
Un primer encuentro para recibir tu carta natal y empezar a abrir nuevas preguntas, que te acerquen a nuevas certezas. Empezando por, ¿cómo se conectan el cielo y tú?

Antes del amanecer entramos en el Namib-Naukluft, la mayor área de conservación de África: un territorio tan extenso como Suiza.
Primero la Duna 45, y después Sossusvlei, donde las dunas rojas se levantan hasta los cuatrocientos metros. Las primeras horas del día son las buenas: el cielo azul intenso contra la arena encendida, y el oryx y el avestruz apareciendo donde no debería haber nada.
El punto que justifica el madrugón es Deadvlei: una laguna seca con acacias de más de seiscientos años, negras y en pie, sobre suelo blanco y rodeadas de dunas rojizas. No se parece a ningún otro sitio.
Si la jornada lo permite, el cañón de Sesriem, excavado por el río Tsauchab, con las marcas de los distintos niveles de agua a lo largo de las eras.




Atravesamos el Namib-Naukluft camino del océano. El desierto no se acaba: se mete en el mar.
Por el camino, el trópico de Capricornio, los pasos de Gaub y Kuiseb, y la parada obligada en Solitaire. Al llegar a Walvis Bay, la bahía se llena de flamencos, pelícanos y cormoranes, y con suerte aparecen lobos marinos y delfines.
Terminamos en Swakopmund, una ciudad colonial alemana plantada entre las dunas y el Atlántico, con su malecón y sus casas de otro siglo.


Con el imponente escenario natural de la Costa Swakopmund y a las puertas del solsticio, nos conectamos con los ritmos y ciclos naturales. Un encuentro para reconocerte en tu momento actual, y dar lugar a lo que empieza a abrirse paso dentro tuyo.

Una jornada entre océano y desierto, que son la misma cosa vista desde dos lados.
La mañana es de navegación: Bird Island, Pelican Point y la colonia de lobos marinos del Cabo, con pelícanos posándose en la borda y delfines cruzando por debajo.
Por la tarde, 4x4 hacia Sandwich Harbour, atravesando las salinas y las grandes dunas hasta el punto donde la arena cae directamente sobre el Atlántico. Avestruces, gacelas, chacales y aves por el camino, y un pícnic en mitad de la nada.




Spitzkoppe es un macizo de granito de más de setecientos millones de años levantado en mitad de la llanura.
Antes, Cape Cross y su colonia de lobos marinos —una de las mayores del mundo, y se oye y se huele antes de verse— y el barco encallado Zeila, oxidándose frente a la orilla desde hace veinte años.
Dormimos junto al macizo. Es uno de los lugares del viaje que más se recuerda, por el aislamiento y, sobre todo, por el cielo nocturno: aquí no hay ninguna luz que estorbe.









Bajo uno de los cielos más abiertos de Namibia, la mirada se vuelve hacia ti. La astrología se vuelve GPS interno y empiezas a comprender las energías que te habitan. La astrología no te define, te habilita a vivir desde tu diseño único.

En Twyfelfontein hay más de dos mil grabados rupestres. Los hicieron cazadores san hace miles de años y siguen ahí, a la intemperie.
Alrededor, Damaraland: Burnt Mountain, los Organ Pipes —columnas de basalto que parecen tubos de órgano— y la welwitschia mirabilis, una planta que puede vivir dos mil años con dos hojas.
Y la búsqueda de los elefantes adaptados al desierto: una población que ha aprendido a recorrer decenas de kilómetros entre pozo y pozo, con las patas más anchas y el cuerpo más ligero que sus primos de la sabana.










Los himba mantienen su forma de vivir en el norte del país. Se cubren la piel de otjize —ocre y grasa— y esa es su manera de estar en el mundo, no un traje para visitantes.
Antes de llegar a Etosha nos detenemos en una comunidad himba. La visita se hace con permisos de fotografía incluidos y sin pedirles que hagan nada que no hagan cada día.
Por la tarde entramos en el parque y empieza el primer safari. Etosha se organiza alrededor de sus abrevaderos: uno se sienta a esperar y el parque va pasando por delante.

Deseamos, actuamos, comunicamos, pensamos, con una energía particular. Este encuentro propone algo muy sencillo: empezar a observar esos movimientos en ti, y descubrir qué cuentan sobre tu manera particular de ser en este mundo.

Etosha es una salina tan grande que se ve desde el espacio. Alrededor de ella vive todo.
Jornada completa recorriendo el parque: elefantes, jirafas, cebras, antílopes, rinocerontes, grandes felinos y una lista de aves que no se acaba.
Dormimos en Okaukuejo, dentro del parque, cuyo abrevadero iluminado es de los pocos sitios del mundo donde se puede ver beber a un rinoceronte negro de noche sin moverse de la valla.




Hay espacios seguros a los que volvemos casi sin pensarlo, y otros que nos atraen aunque todavía no sepamos habitarlos. La astrología explica el «tirón del alma», hacia dónde sentimos que la vida nos está invitando a ampliar la mirada.

Okonjima es una reserva privada dedicada a la conservación de los grandes carnívoros de Namibia.
La actividad del día es el leopard tracking: salir con los rastreadores a buscar leopardos por la reserva, siguiendo señales de radio y huellas. No hay garantía de verlos, y ese es justamente el trato.
Es una de las pocas experiencias del viaje que depende por completo de que el animal quiera aparecer.



Una mañana de ritmo pausado en Okonjima, pensada expresamente para tener tiempo.
Es el hueco más grande que reserva el itinerario para el encuentro con la autora y el grupo: diez días después de empezar, con todo lo vivido encima y antes de que el viaje se cierre.
Después, camino de Windhoek. La tarde queda libre para recorrer la ciudad, el mercado y las compras, y la noche es la cena de despedida.







Después de diez días recorriendo Namibia, volvemos a mirar el mapa con el que empezamos. Cerramos con intención y gratitud un recorrido del que saldrás distinto a como has llegado. Tu ADN cósmico se ha encendido en ti y esto implica, una mirada completamente nueva.
Desayuno, tiempo disponible según el vuelo y traslado al aeropuerto.
Once días cruzando un país donde cabe Alemania dos veces y viven dos millones y medio de personas. Eso también se lleva uno.

Licenciada en Comunicación Social, coach ontológica, astróloga evolutiva y coach de Salud Holística por IIN. Su recorrido reúne distintas disciplinas que comparten un mismo interés: el conocimiento de uno mismo y las diferentes maneras de comprender nuestra experiencia.
Su forma de acercarnos a la astrología va más allá de interpretar una carta natal. La entiende como un lenguaje que nos permite reconocer patrones, descubrir potencialidades y observar los distintos momentos de nuestra vida desde una perspectiva más amplia.
En Namibia, Candela nos invita a vivir la astrología a través de la experiencia. Bajo la inmensidad de sus cielos, entre desiertos, paisajes abiertos y los ciclos de la naturaleza, iremos descubriendo cómo ese lenguaje puede ayudarnos a comprender nuestra propia manera de sentir, actuar y relacionarnos con la vida.
Una invitación a mirar el cielo y descubrir nuevas formas de mirarnos a nosotros mismos.
Candela propone encuentros vivenciales que combinan el descubrimiento de nuestra carta natal con la introspección y la exploración compartida. Espacios para observar cómo se expresan esas energías en nosotros y reconocerlas en lo que vamos viviendo durante el viaje.
Los encuentros tienen lugar a lo largo del recorrido, entre las dunas del desierto, frente al Atlántico, bajo el cielo de Spitzkoppe y en la tranquilidad de nuestros alojamientos.
Cada jornada combina las experiencias del destino con los espacios compartidos con Candela, manteniendo un ritmo que nos permite disfrutar del viaje y dedicar tiempo a cada encuentro.
11 días · Grupo reducido · Plazas limitadas · Acompañamiento de Candela Bianchi.
Organiza y vende: MIRA Expeditions, S.L. · NIF B05769468. Los servicios en destino los prestan agencias y operadores locales habilitados en cada país.
Del 18 al 28 de junio de 2027: once días recorriendo Namibia de sur a norte, del desierto del Namib a Etosha.
Guía local de habla hispana durante todo el recorrido, una persona del equipo de Mira y la autora invitada, que hace el viaje entero con el grupo. El equipo local nos acerca al territorio desde dentro; Mira cuida el ritmo y la experiencia del grupo; y la autora nos acompaña a volver a mirar.
El vuelo internacional debe aterrizar en Windhoek antes de las 13:00. Si no es posible, hay que volar el día anterior y dormir una noche en la ciudad.
Medio. Hay caminatas en arena —subir una duna cansa más de lo que parece—, jornadas largas de carretera y algún madrugón. Nada técnico.
Seis con nombre: Desert Quiver Camp en el Namib, Swakopmund Luxury Suites en la costa, Spitzkoppen Lodge junto al macizo, un lodge en Damaraland, Toshari Lodge y Okaukuejo dentro de Etosha, Okonjima Plains Camp y The Weinberg en Windhoek.
Es invierno austral: días secos y soleados, entre 20 y 25 grados, y noches frías, que en el desierto pueden bajar de cero. Hay que llevar abrigo aunque se viaje a África.
Ropa de capas, algo de abrigo para las noches, calzado cómodo cerrado, gorro, gafas de sol y protección solar alta. Y una bolsa de tela para la cámara: la arena del Namib entra en todas partes.
No. Los vuelos internacionales no están incluidos en el precio del viaje. Una vez confirmado el grupo, desde Mira te ayudamos a encontrar y coordinar las opciones más adecuadas, teniendo en cuenta horarios, conexiones y compañías, para que la llegada al destino sea lo más sencilla posible. El billete lo reservas directamente tú, y así evitas gastos añadidos de gestión o emisión.
Sí. Quien viaje con pasaporte español necesita visado para entrar en Namibia. El visado turístico tiene actualmente un coste oficial de 1.600 dólares namibios por adulto, unos 80 o 90 euros según el cambio.
Depende del destino. En algunos países hay vacunas obligatorias y en otros solo recomendaciones sanitarias. Una vez confirmado el viaje, lo mejor es acudir a un Centro de Vacunación Internacional o de Medicina del Viajero: allí revisan tu calendario de vacunación y te indican los requisitos concretos.
Sí. Para participar en la expedición hace falta un seguro de viaje en vigor durante todo el recorrido. Antes de la salida te pediremos la documentación para comprobarlo.
Hay que viajar con el pasaporte en vigor, con una validez mínima de seis meses desde el final del viaje y al menos seis páginas libres. Conviene llevar también una copia.
Mira es un proyecto cien por cien digital. Trabajamos con operadores, guías y equipos locales en cada destino, porque creemos en conocer un lugar de la mano de quien vive allí y en que nuestra manera de viajar sea respetuosa con el territorio, su cultura y sus comunidades. Así estamos cerca de ti antes del viaje y, a la vez, conectados directamente con cada destino.
Empezamos por una conversación, no por un formulario. Cuéntanos qué te ha hecho pararte aquí.
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