Ochenta y ocho millones de años sola. Catorce días por el norte: el bosque del indri, la Montaña de Ámbar, los tsingy de Iharana y el mar de Nosy Be.
Madagascar se separó de la India hace unos ochenta y ocho millones de años, y desde entonces la vida siguió aquí su propio camino, sin contacto con ningún continente.
El noventa por ciento de lo que veremos no existe en ningún otro lugar del planeta. Por eso a Madagascar la llaman el octavo continente: no es una isla con playas, es un mundo que se hizo aparte.
Recorreremos el norte. El bosque de Analamazaotra, donde el indri canta y se le oye a dos kilómetros. La Montaña de Ámbar. Una noche de campamento en el islote de Nosy Hara. Los tsingy de Iharana, un bosque de piedra que hay que atravesar caminando. Las plantaciones de cacao y vainilla. Y el final en el mar, en Nosy Be y Nosy Iranja, entre tortugas.
Christián nos acompaña a explorar algo que siempre viaja con nosotros: la manera en que interpretamos lo que vivimos. Sus conversaciones no van aparte del viaje — entran en diálogo con lo que estemos viviendo: la naturaleza, los animales, el silencio, la convivencia, lo inesperado.
Grupo reducido, catorce días de convivencia, un autor que hace el camino entero y una isla que no se parece a nada. Cuatro motivos antes de entrar en el día a día.

Madagascar se separó del continente hace ochenta y ocho millones de años y resolvió la vida por su cuenta. Por eso la llaman el octavo continente: no es una isla con playas, es un mundo que se hizo aparte.

Un campamento en un islote del canal de Mozambique. De todo el viaje, es la noche que menos se explica y más se recuerda.

Catorce días juntos. El número de personas no es un detalle logístico: decide qué clase de conversaciones son posibles.

Madagascar se separó de la India hace ochenta y ocho millones de años. Desde entonces la vida siguió aquí su propio camino.
El viaje empieza en Antananarivo, la capital, repartida entre doce colinas a mil quinientos metros de altitud. Tras el vuelo y la aduana, traslado al hotel y poco más: el primer día es para llegar.
No hay agenda esta noche. Deshacer la maleta, cenar juntos y dormir. Mañana empieza el este.
Al llegar, antes de empezar a recorrer Madagascar, abrimos un primer espacio para encontrarnos como grupo y entrar en el viaje. La propuesta es muy sencilla, explorar qué buscamos cuando nos vamos lejos y de qué queremos desconectar realmente. ¿Y si solo cambiando la mirada nos diéramos cuenta de que no hay que desconectar de nada?







La carretera hacia el este atraviesa la mayor región arrocera de la isla.
Salimos hacia Alaotra Mangoro. El paisaje es de terrazas y agua, con Manjakandriana a pocos kilómetros de Tana: un pueblo de las tierras altas donde se produce buena miel y donde paramos a caminar, ver un taller de carros de cebú y comer.
Por la tarde llegamos a Andasibe. Visitamos la reserva de Vakona, que trabaja en la reintroducción de lémures rescatados, y al caer la noche salimos a buscar lo que solo aparece de noche: microcebos, camaleones, ranas.


Antes de salir de noche a buscar aquello que solo se deja ver cuando cae la luz, abrimos una conversación sobre eso otro que tampoco elegimos cuándo aparece: lo que sentimos. Las emociones, la manera en que condicionan nuestra experiencia y nuestra relación con ellas. Siempre intentando cambiarlas sin saber siquiera lo que realmente son.







El indri es el lémur más grande que queda vivo. No se busca con los ojos: se localiza por el canto.
Dedicamos el día al parque de Mantadia y Analamazaotra. El indri prácticamente no tiene cola, es monógamo de por vida y su llamada llega a dos kilómetros de distancia. Se camina en silencio hasta que alguien lo oye, y entonces todo el grupo se detiene.
En el mismo bosque viven otras once especies de lémures diurnos y nocturnos, y una vegetación de lianas, orquídeas silvestres y maderas preciosas que explica por qué a esta isla la llaman el octavo continente.
Después de una mañana entre lémures y bosque, la tarde queda abierta. Christián propone mirar algo que normalmente damos por hecho: esa voz que interpreta, anticipa, recuerda y acompaña prácticamente todo lo que vivimos: el pensamiento.
Haremos una exploración de su verdadera naturaleza y la falsa creencia de ser el causante de muchas emociones.
Volvemos por carretera a Antananarivo. No todos los días de un viaje necesitan llevarnos a un lugar extraordinario. También existen los trayectos, las esperas, las horas en las que aparentemente no ocurre nada.
Catorce días también tienen días así. Carretera de vuelta, tarde libre en Tana y una noche corta antes del vuelo del día siguiente.
Ya en Tana, Christián propone detenernos precisamente en aquello que ha estado presente durante todo el camino: el cuerpo. El lugar desde el que sentimos el cansancio, el movimiento, la distancia y también nuestra relación con lo que nos rodea.

La Montaña de Ámbar es un bosque húmedo suspendido sobre una llanura seca. Arriba cambia todo: la luz, la temperatura, el ruido.
Volamos a Diego Suárez, en el extremo norte, y seguimos en coche hasta el parque. Cascadas, lagos de cráter y un nivel de endemismo altísimo concentrado en una superficie pequeña y accesible.
Aquí vive el camaleón más pequeño del mundo, del género Brookesia: cabe en una uña y hay que ir despacio y mirar mucho para verlo. Seis especies de lémures, ciento dos de aves y sesenta y seis de reptiles en el mismo sitio.
Después de recorrer un ecosistema en el que conviven especies y formas de vida únicas, Christián abre una conversación sobre el tiempo y la manera en que atraviesa nuestra experiencia: el que medimos, el que anticipamos y el que sentimos cuando simplemente estamos viviendo.

Diego Suárez tiene una de las bahías naturales más grandes del mundo. Se cruza en quince minutos y se cambia de mundo.
Salimos temprano del puerto en una lancha tradicional y desembarcamos en la península de Andrakaka. Un guía local nos lleva al Jardín de los Baobabs: árboles centenarios con forma de botella, propios de esta parte de la isla.
Después, cuevas y búnkeres coloniales escondidos entre la vegetación, y un picnic con vistas al mar. Volvemos a mediodía, antes de que apriete el calor y se levante el viento de la tarde.
Esta tarde el encuentro sucede caminando. Sin abrir un tema nuevo, Christián propone llevar al paseo algunas de las preguntas que ya vienen acompañando el viaje y observar qué ocurre cuando simplemente no son respondidas.







No hay hotel ni cobertura. Se duerme en tienda, en un islote del canal de Mozambique, con el mar y la roca alrededor.
Salimos en 4x4 hasta el pueblo pesquero de Ampasindava y de ahí en lancha rápida al parque nacional de Nosy Hara, en el canal de Mozambique. Snorkel entre arrecifes y tortugas marinas, y un almuerzo en una playa desierta.
Por la tarde caminamos por los tsingy marinos —acantilados de caliza que emergen del agua— buscando otra vez el camaleón más pequeño del mundo. Y al caer el sol montamos el campamento en el islote.
Se duerme en tienda, bajo las estrellas, sin nada más. De todo el viaje, es el día que menos se explica y más se recuerda.
Al caer la tarde, con el cielo de Nosy Hara sobre nosotros, Christián abre un espacio para observar si algo en nuestra manera de mirar ha empezado también a moverse. Después de varios días recorriendo Madagascar, la noche invita a detenernos en lo vivido y en eso que aparece cuando dejamos de buscar respuestas demasiado rápido.

«En Madagascar, cada paisaje recuerda una lección: todo lo vivo sigue su propio camino.»
Iharana Bush Camp está a orillas de un lago, frente al macizo de tsingy, cerca del río Mahavavy.
Salimos del campamento a primera hora y exploramos en bote los laberintos de roca y las aves endémicas antes de emprender el camino: una hora en barco y cuatro por carretera.
El lodge es, de todos los alojamientos del viaje, el más cercano a cómo entiende Mira un lugar: construido en relación directa con el paisaje, con guías locales y un compromiso real con las comunidades de alrededor. Esta noche hay salida nocturna para quien quiera.
Llegamos a Iharana, a orillas del lago y frente a los Tsingy. Christián abre un espacio para mirar nuestra necesidad de comprendernos. Buscamos respuestas en la psicología, el autoconocimiento o la espiritualidad, pero quizá la pregunta no sea cuánto más necesitamos saber sobre nosotros, sino qué ocurre cuando dejamos de buscarnos en ellas.




Los tsingy son agujas de caliza que forman un bosque de piedra. No se ven bien desde fuera: hay que pasar dentro, despacio.
Es una reserva especial donde se mezclan el tsingy, el bosque seco denso y el bosque de cañón: la prolongación occidental de un macizo calcáreo del Jurásico medio que emerge de una llanura basáltica.
Dentro viven sesenta especies de reptiles y anfibios, noventa y seis de aves, once de lémures y catorce de murciélagos —incluidos el más pequeño y el más grande del mundo—. Y trescientas treinta especies de plantas.
Con la tarde, Christián lleva la mirada hacia la creatividad y el esfuerzo: cuánto de lo que aparece en nuestra vida nace de intentar producir un resultado y cuánto puede surgir cuando dejamos espacio para que algo nuevo aparezca. A ver si va a resultar que lo que buscábamos siempre ha estado aquí delante de nuestra nariz.

La vainilla y el cacao del norte de Madagascar explican buena parte de la historia reciente del país.
Salimos temprano y bajamos hacia la costa. Por el camino visitamos una plantación en la región de Sambirano, cerca de Ambanja, donde el cacao crece asociado al café, la pimienta y las especias en sistemas agroforestales.
Después, cinco horas de camino y una hora de barco desde el puerto de Ankify hasta Nosy Be. El viaje cambia de registro: aquí empieza el mar.




Después de tantos días moviéndonos por Madagascar, Christián propone mirar algo aparentemente sencillo: por qué tantas veces aquello que podría ser simple termina volviéndose complicado. Una mirada sobre cuánto añadimos nosotros innecesariamente a lo que ya está sucediendo. Todo es tremendamente simple aunque lo vivamos como algo extremadamente complicado.






Nosy Iranja son dos islas unidas por una lengua de arena blanca que aparece y desaparece con la marea.
Navegamos hasta allí para pasar el día. Hay un proyecto de conservación de tortugas marinas, y con un guía y el equipo de especialistas se puede acompañar la búsqueda de nidos y, con suerte, ver cómo las crías entran por primera vez en el agua.
El resto del día es agua: nadar, bucear, compartir un rato con los pescadores locales. Después de nueve días de selva, roca y carretera, el cuerpo lo agradece.



En este punto del viaje, Christián propone mirar algo que nos acompaña mucho antes de llegar a Madagascar: la idea que tenemos de quiénes somos. Y observar qué sucede cuando dejamos, por un momento, de buscarnos en todo aquello con lo que hemos aprendido a definirnos.

El último día completo en Nosy Be queda abierto, con una salida por mar incluida: tortugas o ballenas, según lo que ofrezca el mar y las condiciones del momento.
La salida habitual es a Nosy Sakatia, donde un herbario frente a la playa atrae a decenas de tortugas verdes que se alimentan a pocos centímetros de profundidad. Con aletas, máscara y tubo se las ve comer tranquilamente.
El resto de la jornada queda libre.
Casi dos semanas después de comenzar el viaje, ya existe algo que no estaba cuando llegamos: una mirada diferente. Este encuentro deja espacio precisamente a eso: a todo aquello que solo puede aparecer después de haber vivido, viajado y compartido y cuestionado juntos.
El cuestionamiento de todo aquello que dábamos por cierto ha cambiado el punto de vista y al hacerlo vemos algo distinto.
Volvemos a Antananarivo y la recorremos según el horario del vuelo.
Paseo por la ciudad alta, con sus casas tradicionales altas y estrechas, el palacio de la reina Ranavalona I —destruido por el fuego en 1995— y el palacio del Primer Ministro, hoy museo, que conserva lo que se rescató del incendio.
Desde arriba se entiende la ciudad: doce colinas y las vistas que las unen. Bajamos por la Avenida de la Independencia hasta la ciudad baja.
Regresamos a Antananarivo, al mismo lugar desde el que partimos. El último encuentro es también una forma de volver. No para buscar conclusiones ni decidir qué nos ha dejado el viaje, sino para observar si, después de todo lo visto, vivido y compartido, podemos mirar de nuevo aquello que creíamos conocer.

Según la hora del vuelo, queda tiempo para los mercados.
El último día es de los coloridos mercados de la capital y de lo que cada uno quiera llevarse. Por la noche, traslado al aeropuerto internacional.

Más de tres décadas explorando la naturaleza humana. Más de 2.500 conferencias, profesor en 55 ediciones del máster de Borja Vilaseca y quince años al frente de El Centro, en Barcelona. Con Alfred Font ha compartido más de 260 conversaciones en el podcast Reset.
Su invitación para este viaje es doble: a la naturaleza espectacular de Madagascar y a la naturaleza, aún más espectacular, de lo que somos. Una exploración honesta de lo que es cierto en nosotros, donde van cayendo las creencias que nos hacen sufrir.
No hace falta desnudarse ni exponerse. Solo disfrutar de un viaje inolvidable y dejar que las conversaciones ocurran donde tengan que ocurrir: en el bosque, en la playa desierta, en la noche sin cobertura de Nosy Hara o en el coche, después de cuatro horas de pista.
Sin técnicas nuevas que aprender ni conceptos que aplicar. Más bien al revés: soltar los que ya traíamos puestos.
Christián no da una charla y se va. Comparte el recorrido, la convivencia y las comidas, y sus encuentros dialogan con lo que está pasando: lo que se acaba de ver, lo que ha incomodado, lo que nadie esperaba. Todos terminan igual: con las preguntas de quien esté ahí.
Hay espacio con Christián casi todos los días del viaje, amplio cuando la jornada lo permite y breve cuando toca carretera. Al aire libre, en la naturaleza o en el propio alojamiento. Las horas se ajustan al camino, no al revés.
No contamos de qué va cada encuentro, y es a propósito: la pregunta hace su trabajo cuando llega sin avisar.
14 días · Grupo reducido · 12 plazas · Acompañamiento de Christián Carles-Tolrá.
Organiza y vende: MIRA Expeditions, S.L. · NIF B05769468. Los servicios en destino los prestan agencias y operadores locales habilitados en cada país.
Del 5 al 18 de septiembre de 2027: catorce días y trece noches por el norte y el este de la isla.
Guía de habla hispana durante todo el recorrido, guías locales en cada parque y reserva, una persona del equipo de Mira y Christián Carles-Tolrá como autor invitado.
No requiere una preparación física específica, pero sí sentirse cómodo caminando y tener disposición para jornadas activas. Habrá caminatas por parques y reservas, recorridos por terrenos irregulares, calor y humedad, además de la noche de acampada en Nosy Hara.
Catorce días con dos vuelos internos y varios traslados largos por pista. Madagascar impone su propio ritmo y no se le puede meter prisa: eso forma parte del viaje. A cambio hay un día libre en Nosy Be y ninguna jornada está llena hasta arriba.
Cinco alojamientos con nombre: Radisson Tamboho Waterfront en la capital, Longoza Ecolodge en Andasibe, Filao Eden frente al mar, Iharana Bush Camp junto al macizo de tsingy y Ravintsara Wellness Resort en Nosy Be. Más una noche de campamento en Nosy Hara.
Para viajar a Madagascar es necesario visado: 35 € por persona, no incluidos en el precio. Antes de la salida te indicamos cómo y cuándo tramitarlo. Sobre vacunas, conviene acudir a un Centro de Vacunación Internacional, que revisará tu calendario y los requisitos del destino. El seguro de viaje es obligatorio y lo contrata cada viajero.
Los vuelos internacionales no están incluidos. Una vez confirmado el grupo te ayudamos a encontrar y coordinar las mejores opciones —horarios, conexiones y compañías— y el billete lo reservas tú, evitando gastos de gestión. Los dos vuelos domésticos del itinerario sí están incluidos.
Empezamos por una conversación. Nos escribes, hablamos y, si encaja, se formaliza la plaza. El grupo es reducido y se cierra por orden.
Empezamos por una conversación, no por un formulario. Queremos conocerte, resolver cualquier duda y acompañarte en los siguientes pasos para formalizar tu reserva.
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