De Luxor a Asuán en una dahabiya reservada para el grupo, y de ahí a El Cairo. Cruzar el año en un río que lleva cinco mil viéndolos pasar.
Venimos de años apretados. La noche del 31 suele encontrarnos haciendo balance, prometiéndonos cosas, midiendo lo que falta.
Este viaje propone otra manera de cruzarla. Seis noches navegando despacio entre Luxor y Asuán, en un barco reservado entero para el grupo: el paisaje entrando por la ventana del camarote, la cubierta al atardecer y esa calma que solo existe en mitad de un río.
Egipto no necesita que le añadan nada. Los templos llevan tres mil años ahí y siguen imponiendo el mismo silencio. Lo que hacemos nosotros es preparar las condiciones — entrar donde no entran los grupos, llegar antes que nadie, quedarnos cuando cierran, dejar tiempo suelto entre una cosa y la siguiente.
Y en ese tiempo suelto entra Elma. Su trabajo empieza donde acaba la explicación: el cuerpo, la respiración, el tacto, el placer de estar en un sitio y notarlo de verdad. Cruzar un año así — moviéndose, callando, tocando, mirando — se parece poco a hacer balance. Se parece bastante más a empezar.
Doce plazas, un barco entero, una autora que acompaña y varios lugares que se abren solo para el grupo. Cuatro motivos antes de entrar en el día a día.
Seis noches en una embarcación reservada entera para el grupo, con un camarote para cada uno. Vela latina, calado corto, atraques donde los cruceros grandes no entran. El ritmo lo marca el agua.
Keops en exclusiva cuando Guiza cierra al público. Las capillas de Ptah y Sekhmet en Karnak, solo para el grupo. Una capilla sumergida junto al templo de Isis, con las personas que la cuidan.
El Nilo no es solo lo que se levantó hace cinco mil años. Es una casa en la isla de Ramady, el pan hecho a mano, el zoco de Esna y una comida en una isla nubia.
Doce plazas. Es el tamaño que permite entrar donde no entran los grupos, sentarse a comer en una casa sin llenarla y que un viaje acabe convirtiéndose en otra cosa.

El viaje empieza de noche, en un barco amarrado en Luxor.
Salida de Madrid a media tarde y escala en El Cairo, donde se tramita el visado. Un segundo vuelo deja al grupo en Luxor pasadas las once, y un traslado privado lo lleva directamente al embarcadero.
Se sube a bordo y ya se está dentro: la maleta se deshace una sola vez, en el camarote donde se dormirá las seis noches siguientes. Espera una cena de bienvenida, sin agenda y sin prisa.
Esa primera noche el Nilo no se ve: se oye. El río empieza de verdad a la mañana siguiente, al abrir la ventana del camarote.




Después de la cena, en la cubierta o en el salón. Un trabajo suave de aterrizaje corporal, presencia y apertura de los sentidos: bajar el ritmo, llegar al cuerpo. Todavía no se busca entrar en nada profundo, sino cruzar conscientemente el umbral entre la vida que se deja unos días y la experiencia que empieza, y acercarse a Egipto no como un lugar que se visita, sino como algo que vamos a permitir que nos atraviese. Es también el momento de conocerse el grupo desde otro sitio, más hondo que como solemos conocernos a diario: crear desde el primer día un espacio de confianza y apertura, respetando el espacio de cada uno, y vínculos que —quién sabe— pueden llegar a continuar después de haber vuelto a casa.
Reservada entera para doce personas, un camarote para cada una. Vela latina, cubierta con tumbonas y jacuzzi, bar al aire libre, comedor interior y salón. Su calado corto le permite atracar en orillas donde los cruceros grandes no llegan.







En Luxor el Nilo separa dos paisajes que se explican el uno al otro: al oeste se enterraba, al este se celebraba.
La mañana empieza en la orilla occidental, donde el templo de Hatshepsut se encaja contra el acantilado como si lo hubieran tallado en él. Reina y faraón, gobernó más de veinte años y dejó aquí el conjunto más singular del país. Después, el Valle de los Reyes.
Por la tarde, Karnak. Se entra a primera hora, antes de que llegue nadie, y el grupo accede en privado a la capilla de Ptah y al espacio donde está la estatua de Sekhmet.
El día termina frente al Templo de Luxor iluminado, cenando a bordo.



Una práctica breve de presencia y conexión corporal al abrir el día, y otra justo antes de acceder a las capillas de Ptah y Sekhmet: respiración, cuerpo y una visualización corta para entrar sin expectativa. Elma introduce aquí algo que hará falta durante todo el viaje: aprender a no intentar comprender de inmediato lo que se vive. Hay experiencias que primero necesitan ser sentidas. Trabajar la atención, la percepción y la escucha interna para salir de la mirada turística —ver, fotografiar, explicar— y entrar en otra forma de observar. La pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando dejamos de buscar una experiencia y nos volvemos completamente disponibles para ella? Después se entra. Y al salir, una integración.

Treinta y uno de diciembre. Esna aparece hundida: la ciudad creció por encima del templo y hay que bajar para verlo.
Los techos conservan el color original —azules, ocres, constelaciones— bajo capas de hollín que se están retirando ahora mismo. Se entra y la vista sube sola.
Alrededor, el zoco mantiene los talleres y los oficios de siempre: lo que se hace ahí cada día, con o sin nosotros delante. Después la dahabiya cruza la esclusa, sale del ruido y fondea junto a una isla.
Y por la noche, con el barco fondeado y nadie alrededor, la última cena del año. El río, la cubierta y gente a la que hace tres días no conocías y con la que ya has compartido el silencio de una cámara de piedra. Se brinda, se baja la voz, y el año se va con la corriente.
El primer trabajo largo del recorrido, durante la navegación, y uno de los momentos centrales del acompañamiento. Elma no plantea una dinámica de propósitos: dice que se le queda pequeña para lo que va a estar ocurriendo ahí. En su lugar, un cierre en tres movimientos —reconocer, soltar y elegir—. Primero reconocer el año que termina: lo vivido, lo aprendido, lo que nos ha transformado y también lo que ha dolido. Después dejar que el cuerpo participe del cierre, mediante respiración, sonido, movimiento, tacto y visualización. Y por último abrir el espacio de lo nuevo, no desde la exigencia de convertirse en alguien distinto, sino desde otra pregunta: ¿qué quiero dejar de traicionar en mí cuando empiece este año? Según cómo esté el grupo, puede incorporar un trabajo hipnótico profundo, y termina con un rato compartido antes de entrar juntos en el cambio de año. La espiritualidad que lleva a abrirse al futuro en vez de querer manipularlo, sabiendo diferenciar cuáles son nuestros asuntos y cuáles son los asuntos de la vida. Que la Nochevieja no sea solo una celebración, sino un verdadero umbral dentro del viaje.

Uno de enero. El día empieza con la escala más grande y termina con la más pequeña.
El Templo de Horus en Edfu está casi intacto: se entra y la proporción aplasta. Es de los conjuntos mejor conservados del país y uno de los pocos donde se entiende cómo funcionaba un templo por dentro.
Por la tarde, el viaje cambia de tamaño. Una casa de la isla de Ramady, un horno de barro, las manos en la masa, un baño en el río y una barbacoa en la orilla cuando cae el sol.

El día anterior se ha cerrado, así que el 1 de enero no vuelve sobre lo que se dejó atrás. Este día es distinto: entrar en una dimensión más espiritual, más profunda de la vida. Necesitamos lo trascendente para sentirnos completos, dice Elma, y busca una trascendencia aterrizada, práctica, que sirva en el día a día. Antes de bajar del barco, una preparación breve y muy limpia de presencia, respiración y receptividad, con el simbolismo del agua, que atraviesa toda la jornada, como elemento de transición y renovación. Y otra preparación corta antes de entrar en el templo de Horus, para entrar sin necesidad de provocar nada. Después, el propio lugar hace su trabajo. El resto del día Elma no añade nada más: tras el templo, la casa de la isla de Ramady, el pan, el baño en el río y la barbacoa en la orilla, dice que también forma parte del proceso saber cuándo no añadir nada.

Antes de ver un templo más, conviene ver de dónde salió.
En Gabal al Silsila el río se estrecha entre antiguos frentes de cantera. De aquí salieron los bloques de medio Egipto: quedan las marcas de las herramientas, los bloques a medio cortar y las capillas excavadas por los propios canteros.
Kom Ombo llega después, sobre su terraza junto al agua, dedicado a dos dioses a la vez y por tanto doble: dos entradas, dos santuarios, dos recorridos simétricos.
El segundo bloque largo, durante la navegación hacia Asuán. Las canteras de Gebel el-Silsila, de donde salió la piedra de tantos templos, y la estructura doble de Kom Ombo dejan el marco puesto: la materia de la que estamos hechas y las polaridades que nos habitan. Fuerza y vulnerabilidad, acción y entrega, deseo y miedo, luz y sombra, expansión y necesidad de protección. El trabajo no es eliminar una para quedarse con la otra, sino explorar cómo contener ambas sin fragmentarnos, con cuerpo, tacto consciente, respiración, sonido y una visualización profunda que permita reconocer recursos internos y recuperar partes de nosotros que quizá hemos tenido que apartar. ¿Qué ocurre cuando dejo de luchar contra una parte de mí y aprendo a integrarla? Aceptación, rendirse al momento, amar lo que es: dejar de pelearse con una parte nuestra, con el otro, con la vida. La espiritualidad encarnada, con el año recién empezado y el viaje por la mitad.

Salida antes de que amanezca: hay desierto por delante hasta llegar a los colosos.
La mañana empieza en Asuán con las esencias que se usaban en este valle hace tres mil años: Mahmoud las presenta una a una en una sala reservada para el grupo.
Después, la carretera atraviesa el desierto hasta Abu Simbel. Los templos de Ramsés II y Nefertari se levantan junto al lago Nasser, trasladados piedra a piedra en los años sesenta para que el agua no se los llevara. Vistos desde el barco, al volver, parecen otra cosa.
Y por la noche, de vuelta a Asuán, la cena a bordo con el desierto todavía en la ropa. Van seis días de río y ya no hace falta llenar los silencios.
A primera hora, antes de salir hacia Abu Simbel. El día empieza con los aromas que se usaban en este valle hace tres mil años y sigue con los colosos y el lago, así que Elma cambia de registro a propósito: después de varios días de templos y de gran carga simbólica, este encuentro vuelve al cuerpo y a los sentidos. Percepción sensorial, tacto, respiración, sonido y movimiento. Menos trascendencia y más encarnación, porque la profundidad no está solo en los grandes estados de conciencia: también en tocar, respirar, comer, bañarse, mirar, escuchar, reír, descansar y compartir. Por eso antes se ha hecho el trabajo de cerrar el año, estar presentes y encontrar una identidad que permita recibir la magia del lugar, la magia que la vida da en cada momento. Una invitación a recuperar algo que la vida acelerada va apagando: la capacidad de sentir profundamente lo sencillo.

Philae se desmontó piedra a piedra y se volvió a montar en otra isla para salvarlo de la presa. El sitio original sigue ahí, debajo.
Por la mañana, el templo de Isis. Por el mediodía, una casa nubia en una isla: otra cocina, otros colores, otra manera de construir.
Y después, una playa de granito y los restos sumergidos del emplazamiento antiguo. El grupo accede en privado, con el guía y las personas del lugar, a una capilla bajo el agua. Se puede nadar.
Al final de la tarde, vuelo a El Cairo.


El último día en el río. Dejar la dahabiya, cruzar el agua hasta Philae y volar esa misma noche a El Cairo sirve de contexto para mirar los tránsitos vitales: hay momentos en que avanzar no consiste en hacer más, sino en aceptar que estamos pasando de un lugar interno a otro. Se trabaja corporalmente la diferencia entre control y entrega, entre tensión y confianza, entre sostener y permitir, con respiración, movimiento suave, tacto consciente, visualización y un trabajo meditativo más profundo. ¿Qué estoy preparada para dejar atrás? ¿Qué parte de mí necesita espacio para aparecer? ¿Quién tengo que ser para que eso aparezca? Es un trabajo con la identidad. No se busca responder intelectualmente, sino que la respuesta pueda aparecer también desde el cuerpo: vaciarnos para llenarnos de lo que realmente queremos en el mismo viaje que estamos haciendo, que en realidad es el mismo viaje de nuestra vida. Antes de la capilla sumergida, una preparación corta; al salir, una integración breve.
Después de eso, los desplazamientos y el vuelo a El Cairo: ese día Elma no añade ningún encuentro más, porque también forma parte del proceso saber cuándo no añadir nada.
Un resort de jardines y piscina en la carretera de las pirámides, con Guiza a un cuarto de hora. Cuatro noches, con mañanas que no obligan a nada.




Primero la escala desde fuera. Después, cuando Guiza cierra y se va el último autobús, la Gran Pirámide se abre solo para el grupo.
La mañana es Guiza: Keops, Kefrén, Micerinos y la Esfinge, desde la distancia justa para entender el tamaño, sin prisa y sin autobuses.
Por la tarde, el Gran Museo Egipcio: el proyecto cultural más grande del país, con las colecciones faraónicas reunidas por fin en un solo edificio.
Y al anochecer del 5 de enero, con el recinto ya vacío, el grupo entra en Keops: la Cámara del Rey y la Cámara de la Reina. Dentro no habrá nadie más: doce personas, la piedra y el tiempo que haga falta.



La entrada privada a la Gran Pirámide será probablemente lo más extraordinario del viaje, y precisamente por eso Elma no intenta competir con ellas. Dentro no hace ningún ritual. Antes, en el hotel o a las puertas del recinto, un trabajo breve pero muy preciso de cuerpo, respiración y atención, orientado a entrar reduciendo al mínimo el ruido interno: sostener el silencio, percibir el cuerpo, observar las propias reacciones y atravesar la experiencia sin intentar apropiarse de ella. Preparar al grupo, en definitiva, para la conexión con lo sagrado. Al salir, una integración corta. El trabajo nos trabaja: la vida nos vive, y solo hay que darle espacio a que eso vaya sucediendo dentro. Hay experiencias que no necesitan explicarse enseguida.

El día va hacia atrás en el tiempo: antes de la Gran Pirámide hubo intentos, y están todos aquí.
Dahshur guarda dos de ellos. La Acodada cambia de ángulo a media altura, porque hubo que corregir el cálculo con la obra ya levantada. La Roja, al lado, es la primera que salió bien. Se entra en las dos.
Después Saqqara: la pirámide escalonada de Djoser, la primera de todas, y bajo la superficie las galerías del Serapeum, que llevan hasta sarcófagos de granito de setenta toneladas.
La cena queda libre. El hotel tiene jardines y piscina, y a estas alturas del viaje eso ya es un plan.



Elma abre en el espacio de la piscina un momento para permitir que lo vivido encuentre su lugar en el cuerpo. Agua, respiración, tacto y quietud para aflojar, recibir y recuperar el placer de no tener que hacer nada con lo que está ocurriendo.

La mañana no tiene agenda: los jardines del hotel, la piscina y el tiempo que haga falta para no hacer nada.
Por la tarde, otra capa de la ciudad. La calle de Al-Muizz concentra un milenio de arquitectura en poco más de un kilómetro —mezquitas, madrasas, fachadas mamelucas— y se sigue viviendo y trabajando en ella.
Y al lado, Khan el-Khalili: el zoco que lleva ahí desde el siglo XIV, con sus talleres, sus cafés y su ruido. La cena de despedida es en la zona, entre todo eso.



El último encuentro largo, al volver al hotel y antes de la cena de despedida. Ya no se abre nada nuevo. Después de tantos lugares, símbolos, silencios y movimientos internos, este espacio se dedica a integrar, porque un viaje así no termina cuando se vuelve a casa: termina cuando algo de lo vivido entra en la manera de estar en la vida cotidiana. Se trabaja corporalmente para recoger el recorrido entero y se vuelve a reconectar con el grupo desde otro lugar. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué se ha movido? ¿Qué se ha confirmado? ¿Qué necesito cuidar cuando vuelva?
Traslado privado al aeropuerto y vuelo de regreso.
Once días después, con el cuerpo todavía en el río.
Para el último día Elma deja únicamente un gesto muy breve: una imagen, una frase, quizá un rato de presencia antes de separarnos. Porque el último movimiento del viaje no consiste en seguir abriendo. Consiste en volver.

Lleva más de veinte años acompañando a personas en procesos profundos de transformación personal, presencia e integración emocional. Su enfoque es práctico y directo: la teoría cede el paso al trabajo real a través del cuerpo. Su trabajo invita a habitar las relaciones, el placer, el cuerpo y la cotidianidad desde la tranquilidad, la verdad y la magia de estar presentes.
Durante más de doce años ha acompañado grupos al desierto de Marruecos, y Egipto es la evolución natural de ese camino. Tiene una afinidad profunda con el alma del mundo árabe: un universo impregnado de elegancia, misterio, riqueza cultural e histórica y una sensualidad innata. En esa atmósfera resuena un halo de erotismo, belleza y disfrute que, dice ella, las personas necesitan recordar y reinterpretar.
Más allá del trabajo terapéutico al uso, su propuesta pasa por experimentar el bienestar desde el placer de vivir, el movimiento y el habitar plenamente el propio cuerpo. Reclamar la presencia para transformar lo cotidiano en algo sublime.
No plantea su participación como una sucesión de talleres independientes, sino como un hilo experiencial que acompaña todo el recorrido, aprovechando la simbología de los lugares y el propio momento vital del viaje: el desplazamiento, la navegación por el Nilo, el cambio de año y la entrada en espacios excepcionales que se viven en privado.
«Mi acompañamiento durante estos once días estará al servicio de que el viaje no solamente se vea, sino que se sienta; no solamente se recuerde, sino que encuentre un lugar en el cuerpo y en la vida de cada persona.»
Llegamos a Egipto para atravesar un territorio. Y quizá, durante estos días, descubramos que también hay territorios dentro de nosotros que llevaban mucho tiempo esperando ser atravesados.
Elma trabaja principalmente a través del cuerpo, la respiración, la presencia, el tacto consciente, el sonido, la visualización, la meditación y, en algunos momentos, la hipnosis. No todas están presentes en cada encuentro. Trabajo corporal de movimiento, tacto y piel; meditaciones guiadas e hipnosis para reprogramar y soltar; frecuencias de sonido —cuencos y música seleccionada— para elevar las experiencias de presencia; y momentos contemplativos en la cubierta, con las tumbonas y el Nilo pasando al lado.
No es una sucesión de talleres independientes, sino un proceso que va evolucionando a lo largo de los once días. Dos bloques largos durante las navegaciones, los días tres y cinco, y encuentros más breves el resto de jornadas. Antes de cada experiencia privada, una preparación corta; al salir, la integración. Todo puede adaptarse al lugar, al momento del viaje y, sobre todo, a cómo esté el grupo. Y todas las actividades llevan un halo de conexión entre los participantes, para cuidar la convivencia.
11 días · Grupo reducido · 12 plazas · Acompañamiento de Elma Roura.
Organiza y vende: MIRA Expeditions, S.L. · NIF B05769468. Los servicios en destino los prestan agencias y operadores locales habilitados en cada país.
Sí, los cuatro: Madrid–El Cairo, El Cairo–Luxor, Asuán–El Cairo y El Cairo–Madrid, con 22 kg facturados y 10 de cabina.
Sí. El viaje incluye un seguro de viaje Premium. Una vez formalizada la reserva, te pediremos los datos necesarios para tramitarlo y te facilitaremos la información correspondiente a la póliza y sus coberturas.
Sí, y está incluido en la cuota de servicio. Nuestro equipo se ocupa del trámite a la llegada a El Cairo.
En vigor, con validez mínima de seis meses desde el final del viaje y al menos seis páginas libres. Lleva también una copia.
Un guía egiptólogo oficial de habla española durante todo el recorrido, una persona del equipo de Mira y Elma Roura como autora invitada.
Es un viaje de ritmo suave: se navega, se camina por recintos y hay dos jornadas largas por carretera. Quien quiera nadar en el Nilo, podrá.
Empezamos por una conversación, no por un formulario. Cuéntanos qué te ha hecho pararte aquí.
Escribir a MiraAgendar una llamada